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Carta de Aireana en respuesta |
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Una campaña en la que una institución del Estado dice que no discrimina a las lesbianas y que prevé una sensibilización a las funcionarias y funcionarios que atienden al público sobre ese tema, no es nada del otro mundo. Se trata solamente de que quienes atienden sepan que, por ejemplo, adolescentes golpeadas por sus padres o violadas por sus hermanos para que se corrijan, merecen una atención especializada, que no se las trate de enfermas y que puedan reestablecer su autoestima. Para llegar a eso hay que saber bien lo que es la discriminación, en qué consiste, qué no es, cómo se manifiesta. Usted crea confusión entre la discriminación y las diferencias de trato legítimas para justificar lo injustificable. Desde el ejemplo de las matemáticas (obvio), pasando por el de la enfermedad infectocontagiosa (que puede dar lugar a muchas interpretaciones), hasta llegar al de las lesbianas, para crear en quien le lea una sensación de lógica casi aristotélica. Lógica que podríamos utilizar diciendo que no hay nadie más incapacitado para hablar de sexualidad y de crianza de hijos e hijas que una conferencia episcopal. Supuesta autoridad que usted cita para aplaudir los prejuicios más soberbios (si se le cita al fascismo, se justifican todos los crímenes y las discriminaciones). La cuestión no está en que estén de acuerdo o no en que existamos con nuestras familias. Es que ya existimos, nuestras hijas e hijos van a la escuela con los suyos, nuestras parejas le atienden en el hospital, nuestras amigos gays le atienden en los negocios, le reparan su auto, y también le hacen el alcotest. Que el Estado reconozca o no estas familias es otra historia. Detrás de ese aparentemente inocuo no aceptar que usted nombra en su artículo, hay una idea totalitaria que barre a quienes no piensan según sus normas, que trata de demostrar que es legítimo que nuestros derechos humanos sean violentados con la excusa de nuestra orientación sexual. La tolerancia y la convivencia democrática es otra cosa; una persona puede no ser católica y no por eso impedir los ritos de matrimonio católico, o protestar porque los sacerdotes hagan misa. Sin embargo, ustedes sí tratan de quitarnos derechos: que se siga discriminando en la escuela (es decir, que no se hable), que nos echen de nuestros trabajos, que nuestras familias no sean reconocidas por el Estado, etc. Si el Estado garantizara nuestros derechos, su vida y la de quienes piensan como usted no cambiaría nada pero la nuestra mejoraría, y eso es lo que no quieren. Aireana, grupo por los derechos de las lesbianas Artículo de Gustavo Olmedo publicado en Última Hora el 15 de febrero de 2010 |